Son las 16:42. Hora local. Es la primera vez que llega con retraso al turno de tarde, pero no le importa. Tiene el cuerpo preparado y no bajará la cabeza cuando el patrón escupa su sermón. Don Charles le mirará por encima de sus redondas gafas y escupirá una de sus habituales reprimendas. La puntualidad es uno de los aspectos que más ha valorado mi familia durante la larga trayectoria de esta empresa, le dirá con ese aire de viejo rico derrotado por sus complejos. También habrá amenazas que jamás se cumplirán. Nunca se cumplen. No tiene cojones a despedirme, concluye mientras maneja su furgoneta sorprendido por ante esa inusual valentía.

Hoy no. Sabe que es el mejor de los trabajadores de la destilería y que, sin su presencia, nadie sería capaz de manejar al grupo de jóvenes gamberros empleados para almacenar la carga. Ni si quiera Don Charles. Por eso es vital que siempre llegue a su hora. Pero un día es un día; hoy nada de eso importa. El beso que le ha dado en la frente al bebé que ha dejado en casa es lo único que le importa. Por un instante, teme que él se pueda convertir el día de mañana en uno de esos ayudantes vagos que le acompañan en la destilería. Pero no puede ser, lleva su sangre.

Ha sido niño. Su mujer prefería que fuera así. Ella tiene un hermano mayor que la ha protegido siempre y su deseo es tener una parejita. A él no le preocupaba el sexo. La bendición es que venga sano, le repitió a su mujer durante los ocho meses y medio de embarazo.

La noche anterior había sido larga. Demasiado. Impotencia por no poder compartir el dolor de las contracciones que avisaban de que el momento estaba cerca; nervios que intentaba aplastar, sin éxito, con cada paso que daba a lo largo del corredor de maternidad; oraciones en la capilla durante dos horas y cuarto. La receta del milagro de la vida.

Experimentaba una nueva sensación desde que, una vez en el paritorio, pudo contemplar la sonrisa de su esposa con el niño entre los brazos. Por primera vez compartía algo real con ella; con la princesa que hacía que un trabajo precario en una destilería de mala muerte mereciera la pena. Hubiese empaquetado su alma y la habría mandado al mismo infierno por su mujer. Ahora no sólo tenía motivos para hacerlo por ella.

Aparca la furgoneta frente a la fábrica y se dirige a la entrada. Mira el reloj electrónico que lleva en la muñeca. 16:52 horas. Martes, 12 de enero de 2010. Al atravesar el umbral ve a Don Charles que lo espera en el vestíbulo con cara de viejo rico derrotado por sus complejos, mirándolo por encima de sus redondas gafas. Sin embargo, el patrón no escupe ningún sermón. Algo se lo impide súbitamente.

Siente que el mundo se desploma bajo sus pies y, entonces, la destilería se hace girones sobre su cabeza. A mil quinientos kilómetros de Haití, en Florida, los sismógrafos del Instituto Geológico de los Estados Unidos casi revientan. Están registrando el terremoto más devastador de los últimos dos siglos.

Linares, 2014

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Son las 16:42. Hora local. Es la primera vez que llega con retraso al turno de tarde, pero no le importa. Tiene el cuerpo preparado y no bajará la cabeza cuando el patrón escupa su sermón. Don Charles le mirará por encima de sus redondas gafas y escupirá una de sus habituales reprimendas. La puntualidad es uno de los aspectos que más ha valorado mi familia durante la larga trayectoria de esta empresa, le dirá con ese aire de viejo rico derrotado por sus complejos. También habrá amenazas que jamás se cumplirán. Nunca se cumplen. No tiene cojones a despedirme, concluye mientras maneja su furgoneta sorprendido por ante esa inusual valentía.

Hoy no. Sabe que es el mejor de los trabajadores de la destilería y que, sin su presencia, nadie sería capaz de manejar al grupo de jóvenes gamberros empleados para almacenar la carga. Ni si quiera Don Charles. Por eso es vital que siempre llegue a su hora. Pero un día es un día; hoy nada de eso importa. El beso que le ha dado en la frente al bebé que ha dejado en casa es lo único que le importa. Por un instante, teme que él se pueda convertir el día de mañana en uno de esos ayudantes vagos que le acompañan en la destilería. Pero no puede ser, lleva su sangre.

Ha sido niño. Su mujer prefería que fuera así. Ella tiene un hermano mayor que la ha protegido siempre y su deseo es tener una parejita. A él no le preocupaba el sexo. La bendición es que venga sano, le repitió a su mujer durante los ocho meses y medio de embarazo.

La noche anterior había sido larga. Demasiado. Impotencia por no poder compartir el dolor de las contracciones que avisaban de que el momento estaba cerca; nervios que intentaba aplastar, sin éxito, con cada paso que daba a lo largo del corredor de maternidad; oraciones en la capilla durante dos horas y cuarto. La receta del milagro de la vida.

Experimentaba una nueva sensación desde que, una vez en el paritorio, pudo contemplar la sonrisa de su esposa con el niño entre los brazos. Por primera vez compartía algo real con ella; con la princesa que hacía que un trabajo precario en una destilería de mala muerte mereciera la pena. Hubiese empaquetado su alma y la habría mandado al mismo infierno por su mujer. Ahora no sólo tenía motivos para hacerlo por ella.

Aparca la furgoneta frente a la fábrica y se dirige a la entrada. Mira el reloj electrónico que lleva en la muñeca. 16:52 horas. Martes, 12 de enero de 2010. Al atravesar el umbral ve a Don Charles que lo espera en el vestíbulo con cara de viejo rico derrotado por sus complejos, mirándolo por encima de sus redondas gafas. Sin embargo, el patrón no escupe ningún sermón. Algo se lo impide súbitamente.

Siente que el mundo se desploma bajo sus pies y, entonces, la destilería se hace girones sobre su cabeza. A mil quinientos kilómetros de Haití, en Florida, los sismógrafos del Instituto Geológico de los Estados Unidos casi revientan. Están registrando el terremoto más devastador de los últimos dos siglos.

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