Dejamos de leer a Dickens y llegó el peor de los tiempos. Malos años para la honradez, los mejores para los malvados. Lo advirtió el ladrillo que explotó en las narices de los ambiciosos pero sólo acabó con las aspiraciones del hombre pobre. Entonces era posible la convivencia de un feminismo exacerbado y la de un machismo facha que había sustituido el olor a naftalina…

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